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Las gaviotas.

Hoy voy a empezar a construir la casa donde estaré para toda la vida. Para ello necesitaré madera, mucha madera, pues será una casa grande, tan grande como puede parecer un hombre muy alto, gordo y barbudo abriendo mucho los brazos. Así de grande. Las puertas serán del mismo color que el musgo que crece en las piedras de los ríos, y tendrán pomos hechos de madera de sauce risueño, pues los llorones no tienen cabida en mi humilde morada. Continuando con la visita, os diré que todo el suelo de mi casa estará cubierto por una fina capa de césped. Pero no de ese césped que estáis pensando, no de esa mierda artificial que llevan las alfombras del ikea y que pincha más que la cara oculta del Partido Popular. Oh, ni mucho menos! Será un césped mullido proveniente de los mejores prados de Inglaterra, para que uno pueda tumbarse tranquilamente en vez de recostarse en el sofá, y para poder ir descalzo. Me encanta ir descalzo, sobre todo si hay algo que merece la pena sentir bajo los pies. Y, lo…

Hoy.

Hoy, como cada día, ha vuelto a salir el sol, han vuelto a sonar despertadores, y ha vuelto a resfriarse la gente por dormir con los pies al aire. Hoy, mientras unos desayunan, el rocío comienza a deslizarse entre las hojas de las plantas y, al mismo tiempo pero en distinto lugar, o quizás en el mismo también, alguien acaba de decidir que no va a ir a clase. Y también hay alguien que se pregunta cómo sería su vida si hubiera ido a clase, o si pudiera ir a clase. Mientras los perros pasean a sus amos con las primeras luces del día, el viento decide qué hacer con las nubes: dónde lloverá, dónde brillará el sol, quien verá por primera vez un copo de nieve, quien será objeto de broma por resbalar con el hielo formado en un concurrido paso de cebra… 
Las olas siguen moldeando a sus anchas el afilado cuerpo de los acantilados en los que dos pescadores hoy casi morirán por coger percebes, y un niño de once años compartirá el bocadillo de jamón serrano que su madre con tanto cariño le ha hec…

Tampoco tan lejos.

Marta y Lucía se quieren. Se quieren con el corazón y las entrañas, pero, por supuesto, hoy en día, en el amor, eso no lo es todo. También se quieren con los ojos. Hay días en los que solo se quieren con los ojos.
Otros días se quieren en silencio, con los hombros y los pulmones, con los tobillos y las pestañas. Esos días se habla poco, pero que no os engañen, también se quiere mucho.
En primavera, si hace bueno, sus orejas se van a la playa y comen fajitas frías mientras hablan por los codos, que están sentados a su lado. Después se separan (un poco de intimidad, por favor), se van a pasear por el puerto, y juegan a adivinar lo que trama toda la gente que pasa por allí: el nombre de un perro que nunca tuvieron, su cena de esta noche, un musical imaginario, cómo es el resto de la gente que pasa desnuda… porque bueno, todos tramamos algo, no?
Hay días en los que tienen que poner más de su parte, porque las lenguas se han enfadado. Para solucionarlo, suelen mandar a sus costillas para que …